martes, 17 de febrero de 2015

Soledad

¿Cómo estás? Preguntó el hombre.

—Sola. Respondió ella con sus ojos grises bañados en lágrimas.

Oh Soledad, tantas caras las que puedes mostrar. Tan pura y tenaz, tan certera. Cómo arropas las miradas cálidas con tu frío manto, cómo llegas y te haces eterna. Cuántas preguntas traes, cuántas lágrimas, cuántos dolores. ¿Por qué eres tú ese fiel acompañante? Y, ¿por qué no te vas cuando no te quieren? Eres sinónimo de tristeza y te gusta. Soledad, por favor no te adueñes de mi ser como te has adueñado de el de ella. Que te conoce completa, desde su alma hasta sus pies fríos. Y la envolviste con tu manto frío y te gusta. ¿Por qué, Soledad? Traes ese aire de melancolía pura, y tu amiga depresión viene contigo tomada de tu mano. ¿Qué quieres? No sabes cuán dolorosa eres, y a ella le dueles y de verdad dueles. Te conoce en tu más íntimo estado y te respira y te gusta. Ya casi está más de tu lado que de aquí, pero no Soledad, no te la lleves. Ella hace falta aquí, más que allá. Que no se vaya, y es que te quedarás sin compañía, o peor, sin su compañía. Porque tú, Soledad, no conoces tu significado como nosotros, o como aquellos que te tienen. Tú no te tienes amiga mía, pues tu suma de Soledad mas Soledad significa compañía; y no, no eres eso.

Oh Soledad, viniste, ¿A qué viniste? Si en lo más profundo te pareces a la muerte, esa desdichada envidiosa de la vida. Te pregunto: ¿Seremos nosotros tu compañía? Eres esa que llega y se sienta, cómoda, y te tomas el café oscuro y casi sin azúcar, amargo. Así te gusta el café y yo lo sé. Estarás tan sola, Soledad, que nos buscas sin saber que nos traes tu melancolía eterna al corazón. Qué dolor, a ella le dueles en el corazón, y es que hieres como tú sola sabes herir. Consumes como a tu café y a tu cigarrillo, mientras sentada en el sofá marrón no sabes ni qué decir, y no dices. Eres insensata, o muy discreta, eres la resta de tu opuesto, o quizás la suma. Solo sé que tú mas, o menos Compañía, eres más tú que Compañía. Por eso eres buena tan solo cuando vives en dos personas distintas.

Oh Soledad, no vengas sola, no la hagas tu compañía. O mejor, sé más Soledad que Muerte.
Soledad.

Hombre vivo

El hombre vivo se sentó por un momento y miró más allá de sus narices, jamás pudo creer aquello con lo que se había encontrado. Miraba, el hombre vivo miraba y sabía que era algo totalmente diferente a lo que ya había conocido antes. Había encontrado un universo distinto, helado, oscuro. Allí conoció a la señora Paula, ella había sido el amor de alguna de sus vidas. Se encontró con el señor Pedro, un conocido insolente y arrogante. Y cuando creyó en sí mismo y miró más allá de sus narices, pero forzando la vista a sus horizontes, el hombre vivo se encontró con una vieja amiga que hizo en algún país europeo.

El hombre vivo estaba perdido entre oscuridades sin lunas, lidiaba con esas personas que no parecían pertenecer a su realidad. Asombrado por lo que veía decidió acercársele a Paula, le preguntó que cómo se sentía, pero Paula no se molestó en responder. El hombre vivo insistió:

—¡Paula! ¿Cómo te sientes?

Pero no consiguió respuesta. Intrigado por todo aquello se le acercó más y puso su boca casi en los oídos de Paula y preguntó en silencio:

—Paula, ¿cómo te sientes? Y se retiró lentamente.

Paula había volteado a mirarlo, el hombre satisfecho creía haber logrado su cometido. Paula abrió la boca como para pronunciar sus primeras palabras. Y ella hundida en su realidad como en un duro golpe de desaliento, desapareció y se convirtió en el humo que salió de la boca del hombre vivo al pronunciar aquellas palabras, y regresó a sus entrañas, a las del hombre. Más temeroso que asombrado se ahogó en sí mismo y entonce gritó:

—¿¡Qué es esto, Dios!?

No consiguió respuesta alguna. Era lógico. El hombre vivo pasó algunas horas vagando y cansado de tanto caminar, se encontró con el viejo Pedro. Jamás creyó en él,  muy poco le habló durante su vida; pero estas eran circunstancias distintas y su credulidad, la del hombre vivo, estaba creciendo un poco. Desde lejos ya comenzaba a gritarle al viejo Pedro. Pero jamás obtuvo respuesta alguna. El hombre vivo insistió:

—¡Pedro, compadre! ¿Qué hacemos aquí? Ayúdeme, estoy cansado.

Pero el viejo Pedro jamás le concedió respuesta. El hombre vivo estaba cansado, boquiabierto y casi muerto del frío. Decidió entonces acercárcele al viejo. Temeroso, claro, extendió su mano de modo que Pedro lo saludase, pero ni eso obtuvo de aquél cuerpo. El hombre vivo lo veía, a Pedro, y sabía que él estaba triste, esperando algo, sentado en la nada, desahuciado. Se acercó y desde atrás se agachó y le puso la mano en el hombro derecho. Dijo entonces:

—Viejo Pedro, puede usted decirme dond...

El señor Pedro se había volteado y gritó tan alto que el hombre vivo no supo qué hacer, y ahogado en sí mismo corrió lejos del viejo Pedro. Fue un grito de voces múltiples. Estaba atemorizado, su corazón latía más fuerte y rápido que nunca. Pobre, el hombre vivo insistió en su desdicha y gritó desesperado:

—¿¡Qué es esto, Dios mío!?

Pero jamás obtuvo respuesta, y ya no era tan lógico. Caminó pobre de sí a través de aquella nada, inspiraban tristezas sus pasos. El hombre vivo estaba por dejar de ser eso, y en algún lugar de su destierro, entonces miró más allá de sus narices y se encontró con su vieja amiga. La veía a cierta distancia, de espaldas. El hombre vivo sintió alegría de tal manera que sacó fuerzas para correr hacia donde ella se encontraba. Entonces se dijo a sí mismo:

—¡Ella, ella me va a salvar de este exilio!

Pero él, mientras corría incesante hacia sus espaldas notó que su lejanía era infinita. Y que su esfuerzo por alcanzarla era inútil. Se detuvo y casi sin aliento gritó con las fuerzas que le quedaban:

—¿¡¡¡Dios mío, qué es este lugar donde estoy!!!? ¡Ayúdame, por favor!

Y sin respuestas aún, pero entonces dejó de ser lógico. Después de haber caído el hombre vivo al suelo, vio como la realidad en la que se encontraba su vieja amiga cambiaba. Estaba ella parada en algún andén de trenes y desasistida de vida volteó, miró al hombre vivo, dio un paso hacia adelante y un tren la arrolló con todas su fuerzas. El hombre vivo hundido en sus lágrimas y ahogado en sí mismo, con su voz llorosa y desasistiéndole sus fuerzas, levantó la mirada y entonces suplicó por última vez:

—Auxilio, por favor. Y dejó reposar su mejilla contra el suelo.

El hombre vivo había comenzado a morir.